Brevet 1000 de Alicante. Octubre 2020

La idea de hacer el 1000 de Alicante me rondaba ya desde hace dos años. Pero ha sido este año que lo he visto claro: por las ganas de rodar que tenía, por lo bien que iban las piernas, por el recorrido tan atractivo y montañoso, y también por las fechas. Me cuadraba todo. No obstante, mi cerebro, trató de jugarme una mala pasada con los nervios dos días antes, y llegué a tener mis dudas por unos dolores de tripa. Al final fueron tan sólo eso: nervios. ¡Cómo para no tenerlos! Sí que es cierto que fallé en los últimos detalles de mi preparación, que eran ni más ni menos que dormir y comer todo lo que pudiese los días previos. Eso no pudo ser, y llegué a la hora indicada habiendo descansado menos de lo que querría, después de una semana de locos en el trabajo y en casa.

Antonio Galván, organizador de todo este jaleo, me dijo que seríamos 17 inscritos a la prueba. Por motivos de logística de algunos participantes, la salida pudo ser flexible, lo cual es de agradecer. De esta forma, sago junto a un grupo de 8 a las 20:00 del jueves 8. Llegamos todos juntos al primer control en Relleu (km 33). Allí veo que el grupo se para, esperando a Gemma y Javi. A mi lado, Miguel y yo intercambiamos una mirada, un par de palabras y tiramos. Vamos tranquilos, y si el grupo sigue nos alcanzará antes del siguiente control. No volvería a ver a nadie de ese grupo hasta el km 850.

Rodamos tranquilos, apenas queda algo de tráfico y la noche es calurosa en cierta forma. La previsión meteorológica daba lluvia y bajada de temperaturas durante el fin de semana. Llegamos al segundo control en Jávea (km 107), y encontramos un bar a punto de cerrar para poder rellenar las botellas con agua. Muchas fuentes han sido condenadas a causa de la pandemia. Nos adentramos en el Vall de Gallinera, subiendo de noche, solos. Charlamos, nos contamos historias, rutas, experiencias. La conversación es amena y eso también sirve para sobrellevar el sueño. En el siguiente control, Beniarrés (km 177) sacamos la correspondiente foto al cartel del pueblo. Seguimos, y subimos otro puerto. No es una ruta con grandes puertos, pero no hay tregua. En seguida alcanzamos el kilómetro 200 y llevamos 3000 metros acumulados. El calentamiento perfecto para lo que nos queda por delante.

La noche avanza y finalmente el sueño me alcanza. No lo llevo bien. Me duermo. Da lo mismo si subo, si bajo, si hace frío o calor: me duermo y no es seguro rodar en bicicleta con sueño. Sé que son unas horas más las que estaré así, hasta que haya salido el sol. Lo sé porque no es la primera vez. Mientras tanto también sueño despierto con un desayuno a la altura de las circunstancias. Pienso que será en Játiva, pero no. Tendrá que ser en Chella, y antes hay que sortear ese pequeño muro de 3 km y 100 metros de desnivel, que se me atraganta, y yo con el estómago vacío.

Los Audax o Ranodonneurs somos raros incluso entre los propios aficionados a la bicicleta, por lo que no mencionar al resto de mortales. Me siguen resultando curiosas las reacciones que tienen algunas personas, cuando ven a un ciclista a deshoras y le preguntan -¿A dónde vas?- para continuar con un -¿De dónde vienes?- y hacer cuentas y poner cara de que algo no les cuadra.

Continuamos en dirección a la Muela de Cortés, una zona a la que tengo especial cariño. Probablemente por haber sido escenario de otras pequeñas aventuras ciclistas mías. Además de su singular belleza de roca modelada por el agua (¡Julito, se dice paisaje tabular, collons!). En este tramo coincidimos con más ciclistas y charlamos con algunos. A mí me gusta pensar que quizás alguno de ellos se anime a probar a la larga distancia o a rutas de un par de días.

Remontado el puerto de Dos Aguas nos vamos aproximando a las A-3, y se puede decir que es probablemente la parte menos agraciada del recorrido. No obstante hay que atravesar estas zonas. El tráfico, a pesar de ser un día festivo en la Comunidad Valenciana, está tranquilo. Ente Chiva y Líria paramos a comer. Tenemos que hacerlo a la sombra, pues el sol está pegando con relativa fuerza para ser Octubre.

Siento cierta emoción por cruzar la Sierra de la Calderona. El siguiente es el Puerto de Chirivilla. Van cayendo los kilómetros, y voy avanzando en los “bloques” que tenía dividida la marcha. La bajada hacia Segorbe es deliciosa. Asfalto impecable, buena visibilidad y un sinfín de curvas encadenadas.

A reglón seguido nos adentramos en la Sierra del Espadán, y tenemos cierta impresión de emboscada. El paisaje se vuelve borroso a medida que la carretera pica para arriba y toca apretar los dientes. Pero solo un poco, porque después de un descenso prolongado llegamos a Onda, habiendo bajado entre bosques hasta el fondo del valle (población de Veo). Me llama mucho la atención la cantidad de agua que hay por esta zona. Aunque no se vea, está ahí, dando de beber a todas esta flora.

En Onda improviso y me quedo en el mismo hotel que Miguel. Una duchita y una cama no me vendrán mal. Eso sí, el cronómetro lo puse en marcha al llegar a Onda. La diferencia para esta brevet ha sido calcular el tiempo estimado de cada parada. Para una media estimada de 20 km/h, por cada 100 km recorridos tendría 30 minutos para pausas y 2 horas de sueño. Así que 420 km recorridos pues son 2 horas y media de paradas a lo largo de las 20 horas de pedaleo y 8 horas de sueño (que incluyen llegar, buscar lugar para dormir, comer, lavarse, etc.). Al final fueron 5 horas de sueño, y a las 03:00 ya estábamos pedaleando de nuevo (previa explicación a dos patrullas diferentes de policía local de lo que hacíamos, y aceptar los cargos de locura ciclista y nocturnidad). Si el terreno hacia Atzeneta del Maestrat ya picaba para arriba, más lo hacía el sueño. No eran ni las cuatro y me iba arrastrando. En Catí me paré a buscar una panadería y perdí la rueda de Miguel.  A las 08:00, hora de llegada al séptimo control en Morella (km 537), me reencuentro con Miguel, pero él ya ha desayunado. Yo necesito despejarme y recuperar sensaciones. Miguel se pone marcha porque tiene habitación en Requena y más kilómetros que yo por delante. Yo me quedo desayunando dos veces. – Vaya, eres tan cafetero como tu compañero – me diría la señora cuando pido mi tercer café seguido.

No sé si fue la sensación de adentrarme definitivamente en un terreno desconocido para mí, la belleza del paisaje, o la soledad de las cumbres, pero comenzaba a sentirme más lleno cuanto más vacío era el paisaje. Empecé a hacer algunas paradas para sacar fotos, y algún vídeo para mandar a casa. Iba recuperando el tono y a disfrutar de la ruta. La noche estaba lejos y por delante tenía todo el día para pedalear.

Morella está a 1074 msnm, y a partir de ahí la ruta va ganando en altitud hasta los 1449 msnm de Puertomingalvo. Me emociono al cruzar a la provincia de Teruel al coronar el puerto de Cabrillas (1330 msnm), y un cartel que me indica que estoy en el Maestrazgo. Así, de improvisto, estoy en un lugar del que siempre he conocido el nombre pero nunca lo había imaginado. Ahora estoy recorriéndolo en bicicleta y lo estoy disfrutando. Tengo esa sensación de aventura en bicicleta. El puerto de Las Cabrillas es la puerta de entrada. Después me planto en Iglesuela del Cid, que al igual que Catí, me dejan con la sensación de que debo regresar en algún otro momento. Después el puerto de Mosqueruela  a 1450 msn. Los puertos se van encadenando y las piernas responden a las mil maravillas. ¿Qué más se puede pedir? Pues que el tiempo aguante como lo está haciendo. Hay un detalle en esta ruta, y es la distancia entre pueblos y la falta de agua entre medias (fuentes o establecimientos). Cualquier día con algo de calor puede resultar problemático no llevar suficiente agua.

A la salida de Puertomingalvo casi derrapo para detenerme en el mirador a la salida/entrada del pueblo. Merece la pena ir hasta allí para verlo con los propios ojos, pero recomiendo hacerlo en bicicleta, porque los 13 km siguientes de bajada son… sencillamente deliciosos.

Me enteré en las clases de preparación al parto, que durante el mismo, el organismo libera endorfinas y oxitocina para aguantar el dolor y proporcionar sensación de felicidad y placer. Pienso que somos primates “enganchados”. Buscamos el placer y éste gobierna nuestra existencia de manera encubierta. Desde la taza(s) de café por la mañana para buscar el estímulo, a los “ansiolíticos” en forma de comida. Buscamos ese puntillo que nos hace sentir que estamos en la cresta de la ola, y que nos aleja de la sensación de estar tragando agua debajo de la ola. ¿Te imaginas una máquina casera que te hace un análisis bioquímico a primera hora, mostrándote tus niveles actuales, y preparándote en una sola píldora los ingredientes necesarios para darte ese puntillo durante el día? ¡Guau! Quizás se dejarían de vender muchísimas bicicletas ¿verdad?

Volviendo a la ruta, pero siguiendo ese camino, es curioso el efecto que siento con el ejercicio sostenido. Pienso que a partir del 200, o del segundo día intenso, que los niveles de endorfinas y oxitocina recorren los vasos sanguíneos a raudales. Vamos, un colocón en toda regla. Pero ¡qué colocón! Y ¡qué disfrute! Yo me consigo emocionar con mucha facilidad. Mis pensamientos son más placenteros y me siento mejor (cuerpo y mente). Ahora, espera al día después de terminar… jeje…

Alcanzo Vistahermosa del Río en el fondo del valle, y menos mal que no hay control en este pueblo, porque está en un alto. Realmente importa poco, porque la carretera por la que sigo tiene unas rampas de pedalear de pie y con fuerza. Pero ya te he contado que voy “dopado” con hormonas caseras y disfruto la subida. Estoy de buen humor, y mi cabeza se entretiene. Alcanzo una curva de estas que te dejan ver el desnivel con claridad e intento sacarme una foto. Para, coloca el teléfono en un lado de la carretera, encuadra, pon en temporizador, monta en la bici contando, gírate y ponte a subir en medio de la curva, para y comprueba que haya salido bien. Después de un par de intentos consigo la foto que quería. Y así sigo haciendo camino. Con paradas espontáneas y buscando mantener el buen humor. Pero todo lo bueno tiene que acabar, y eso sucede no mucho después. El cansancio y el sueño llaman de nuevo a mi puerta, en medio de ninguna parte. Toda la euforia ha dado paso a un estado somnoliento y torpe. Mis pensamientos son lentos, y dejo pasar algunos sitios en los que me podría haberme echado en el suelo a descansar. Afortunadamente, en esta historia todo termina bien, y pronto llego a San Vicente, que me estaba esperando con un bar abierto, y la plaza del pueblo para mi solo, con una mesa a la sombra. Pido un bocadillo de longaniza y cuando lo sirven no puedo creer lo que veo. Soy feliz, estoy felizmente cansado, descalzo, sentado a la sombra, con agua fresca, café y bocadillo. Cuarenta y cinco minutos de parada ¿y qué? Para eso he ido ahorrando minutos, para poder parar lo que necesite cuando lo necesite. El terreno es favorable hasta Montanejos, villa termal en el interior de Castellón. Disfruto y mucho con cada kilómetro. El paisaje es bonito, con los árboles en el cambio de hoja. Las carreteras son una pasada de trazado y estado. La salida de Montanejos hacia Caudiel tiene 10 km de subida que me devuelven a carreteras poco transitadas, y de nuevo con un paisaje abierto, sin árboles. Presumo que esta zona debe haber sufrido incendios recientes, cosa por desgracia bastante habitual. El suelo está mojado, y la tarde avanza. Aquí tengo la primera y única situación de peligro, al entrar pasado en una curva con el suelo mojado. La falta de costumbre a la lluvia. En Asturias las carreteras secas eran cosa de algunas semanas en verano. Cruzo algunos pueblos y una última subida hasta Sacañet para después bajar hasta Losa del Obispo, y ahí rematar hasta mi parada en Chulilla. Creo que fue un acierto poner la parada en Chulilla. Hay casi 30 km de terreno favorable en descenso hasta los últimos 5 de subida a Chulilla. Eso me ayuda a llegar con las piernas más descansadas. En Losa del Obispo aprovecho que paso por delante de un supermercado y compro lo que será mi cena y desayuno para el día siguiente. -¡Qué horror montar en bicicleta de noche!- me comenta la mujer que atiende la caja. –No se preocupe, señora. Usted no tiene que hacerlo si no quiere, y yo es algo que disfruto. – A veces hay que atajar cualquier intento de “conversación”. Ahora ya es de noche y tardaré hora y media hasta llegar a Chulilla. Ha llovido, y parece que bastante, porque en la carretera hay montones de vegetación que han sido arrastrados. Pienso en Miguel, espero que no le haya llovido a él. Llego a Chulilla y el pueblo está lleno de visitantes y los aparcamientos llenos de campervans. Normal durante un puente de 4 dias, el lugar merece una visita de varios días. Llego al área recreativa y me encuentro que no soy el único que ha planeado pasar ahí la noche. No hay problema de espacio, y las demás personas son campistas (y no hay ningún juerguista). Descanso como un rey. Una vez abrí un ojo en la noche y era para comprobar con placer que estaba en el campo y las estrellas se veían en el cielo nocturno. A las 05:30 estaba ya pedaleando. Generalmente, necesito entre 30 y 60 minutos para ponerme en marchar. Me lo tomo con calma, pero cada uno tenemos nuestros rituales y manías, y este es uno de los míos.

Próxima parada Requena, y antes 3 puertos/altos/collados encadenados. Pedaleo de noche y me estoy perdiendo el paisaje que me rodea. La luna brilla en cuarto menguante y aprovecho la soledad de estas carreteras para apagar el foco. Enseguida mi vista se acostumbre a la escasa luz, pero me basta con las líneas pintadas para pedalear. De esta manera me encuentro mejor. Percibo el paisaje que me rodea, aunque sea como una presencia semi-oculta, al menos no es la oscuridad que rodea el punto de luz del foco en el negro asfalto. Como no podría ser de otra manera, la hora previa al amanecer es la más fría. – ¿Cómo quiere el café? ¿Con leche? – me preguntan. – Con leche pero muy cargado de café. ¿No tienes algo más grande? – Las 08:00 de la mañana, cafeína en la sangre y comienza (oficialmente para mí) el último día. 220 km y casi 4000 metros de desnivel hasta San Juan. Esto ya es territorio conocido y no vale bajar la guardia. Me encuentro bien, demasiado bien para lo que he experimentado otras veces. He descansado bien y estoy con fuerzas. Voy regulando en el tramo pestoso de nacional hasta Cofrentes. Treinta y pocos kilómetros de asfalto que agarran. De Cofrentes hasta Ayora (penúltimo control) voy ganando altitud con cada repecho. Voy cantando en las subidas. Pedaleo de pie y bailo la bici. Buenas señales, disfruto, aprieto en las subidas y pienso -¡Qué demonios, voy a lograrlo!- Hago mis cálculos y creo que lo puedo hacer en 70 horas. 69 si aguanto así hasta el final. Paro en Ayora. Ya voy en modo «turbo». Nunca había hecho el tramo de Ayora hasta Mogente en este sentido. Al poco de comenzar la larga subida hasta los molinos vuelvo a conectar con 3 del grupo de la primera noche: Jaime el Maño, Toni Belda y José. Charlamos y rodamos un rato juntos, pero tengo claro lo que quiero hacer, así que me despido y continúo. Cruzo esta bonita sierra y llego a Mogente. Paro a almorzar y cuando estoy terminando veo que estos compañeros vuelven a pasar. Apuro la comida que me queda, pido la cuenta y salgo volando. Conecto con ellos en la fuente, al inicio de la subida al puerto del Bosquet, ese “falso llano” sostenido que al par de kilómetros es escenario de una serie de ataques entre Toni, yo y David (amigo suyo que ha enganchado con ellos para hacer la parte final del recorrido). No es posible, no es bueno, tocará pagar por esto… pienso. Pero me divierto. Prueba de ello es que registro buenos tiempos personales en mi Strava. En Onteniente paran a comer y yo sigo. Zona más que conocida para mí. Aquí he tenido más de una pájara volviendo de alguna ruta. Hay que guardar, pero no puedo evitar apretar lo justo para mantener un ritmo ágil. Imagino el final, pienso en Inés y los peques, y no puedo evitar emocionarme. Todos esos pensamientos me dan alas, hacen que se me humedezcan los ojos. El repechón de Bañeres lo supero bien. Ya puedo contar con dos dedos los repechos que quedan para llegar hasta Alicante. Planeo con Inés un avituallamiento en medio de la carretera de Ibi al Maigmó. Inés sale al encuentro con un granizado de café y una bola de mantecado. Una manera redonda de poner final al verano y celebrar conseguir este reto. El sol pega con fuerza y hace hasta calor en el punto de la carretera en el que estamos. 20 minutillos y llega el momento de rematar. Arranco y mi peor temor se hace realidad: un pinchazo en el menisco derecho me machaca con cada pedalada. A esto le añado un viento de cara, frío, que me hace tener que esforzarme más. Es cierto que el terreno hasta San Juan es favorable, y en días normales tengo registrado hasta medias de 35 yendo solo, pero hoy me costará terminar. La recta entre Agost y San Vicente se me hace interminable, y las rotondas hasta San Juan serán insufribles. Ya sin fuerzas alcanzo el último tramo. No siento la emoción que esperaba sentir al estar tan cerca, pero eso es algo que ya he experimentado antes ese día, cuando iba rodando tan bien por Bocairente, Bañeres e Ibi. Finalmente llego al mismo punto de salida, y soy tan sólo un ciclista en una zona de terrazas de restaurantes. Alguien irrelevante y anónimo. Alguien fuera de lugar, sucio en un lugar donde la gente va arreglada para pasar la tarde y cenar. No hay nadie esperándome, mi familia no ha podido estar allí, como sí hicieron en la salida. Afortunadamente no mucho después llega Miguel. ¡Qué bueno ver a alguien conocido! Nos abrazamos y celebramos haber conseguido nuestro reto. Puedo ver en su cara el esfuerzo que yo también he realizado. Nos sentamos y charlamos un rato. Comentamos el último día y medio. Me cuenta de la lluvia que le cayó la tarde del día anterior, y del esfuerzo que le supuso llegar hasta Requena al hostal que tenía reservado. Repasamos las carreteras, las subidas y hablamos sobre dónde estarán los otros compañeros. Sentimos cansancio, y no quedan muchas horas de luz. Él tiene que buscar su hotel y yo llegar al punto de encuentro con mi familia. El día termina, y voy rodando satisfecho por la calle junto a la playa de San Juan. Tan sólo soy un ciclista con la bici cargada, mil kilómetros más en las piernas y una nueva experiencia de conocerme en situaciones de esfuerzo prolongado. Cansado, satisfecho y con las retinas repletas de paisajes. Una más a la saca.

Brevemente agradecer a Inés su apoyo para que todo esto pueda suceder. A Bruno y Adriana por los ánimos que me dieron a la salida. A mi familia porque a pesar de que no entienden lo que hago, respetan mi decisión. A Toni, que me prestó el foco «pata negra». A Antonio por celebrar la brevet. A los compañeros de ruta, por ser gente de ley. Y también a las personas que me encuentro por el camino, y forman parte de mi aventura. 

¡Hasta la próxima!

julio

apasionado de la bicicleta. desde que me monté en la bici de carretera no he podido dejar de pedalear. la posibilidad de alejarme de casa, de alcanzar puntos lejanos en un día, o de recorrer grandes distancias en poco tiempo es, por el momento, todo lo que busco (aparte de sentir la sensación de rodar con ritmo). rutas de uno o varios días no es problema, es lo que más me gusta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicar un comentario